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Artículos en archivo año 2008 | Oswaldo Vigas en París |
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| Archivo - 2008 | |
| jueves, 19 de junio de 2008 | |
Una notable selección de más de 80 obras, entre óleos, gouaches y tintas es lo que se desplegará en las tres salas de la Galería Ascaso ubicada en Las Mercedes, a partir de la segunda quincena de junio.La muestra reúne el trabajo de Vigas en el lapso comprendido entre los años de 1959 y 1965 y su gran valor descansa no sólo en que las piezas son completamente desconocidas en Venezuela, sino en que se corresponde con un período de profundas transformaciones en el lenguaje pictórico de uno de los principales exponentes de nuestras artes plásticas en el mundo. ![]() Oswaldo VIGAS en su taller de París, 33 Rue Dauphine, 1963 Esta muestra antológica parcial, realizada bajo la coordinación de Josefina Nuñez, denota cómo durante los últimos seis años de su estadía en París el maestro valenciano exploró profundamente todas sus posibilidades mediante el empleo de diversas materias, texturas y colores. Vigas dice al respecto que “las obras son producto de un momento de catarsis, de libertad total y de contacto con la tierra, con el instinto.
Vigas, la exposición del lenguaje en el París de los sesentaPerán Erminy ![]() Germinación I, de la serie Piedras Fértiles. 1960 No obstante, a pesar de sus indiscutibles méritos, el legado artístico del maestro Oswaldo Vigas resulta poco conocido. No diríamos que sea desconocido, porque no lo es para casi nadie. Pero la continuidad de su evolución sí lo es. Prueba de ello es que este importantísimo conjunto de pinturas, seleccionadas entre la producción del artista en París durante los años inmediatos al 1960, no había sido visto hasta ahora. Algunas obras de esos años se han mostrado antes, pero de un modo aislado y disperso. Nunca en un conjunto de esta amplitud, que permita una visión global de ese período fundamental en la obra de Vigas. Si consideramos la magnitud y la naturaleza de los grandes cambios que se operan en el lenguaje pictórico de Vigas durante esos años cercanos al sesenta, podemos afirmar que sin estas obras no es posible conocer el arte de Vigas. Nos hemos mantenido cerca, desde el punto de vista físico y también espiritual, de su obra, desde hace unos sesenta años. Y más aún durante esos años en que convivimos en el Barrio Latino de París, donde vimos frescas estas pinturas, que ahora reencontramos después de medio siglo. La impresión actual, pese a recordar hasta el contexto en que se producían, es la de estarlas viendo por primera vez. O sintiendo apenas una vaga sensación de déjà vu, como de haberlas visto en sueños. Ahora las vemos mejor que nunca, crecidas y cambiadas ellas, cargadas de «mundo», y cambiada también nuestra mirada, que no podía ser la misma de aquella época juvenil e inexperta. Pero lo más sorprendente de esta experiencia, que nos conmovió al descubrir la maravilla de estas obras, vueltas ahora clásicas y majestuosas, es que nos imponen, de paso, una relectura actual de toda la obra de Vigas. De manera que esta exposición nos permite descubrir la excelencia de este período parisino del artista, mucho mejor de lo que creíamos hace medio siglo, y subsecuentemente nos brinda la ocasión de redescubrir, en esta nueva relectura retrospectiva, la excelencia de toda la pintura de Vigas, ahora mejor que nunca, gracias a esta exposición, que no la muestra, pero que nos induce a su ineludible revisión y revalorización. En suma, esta exposición hace posible el conocimiento y la interpretación del estilo de la pintura de Oswaldo Vigas, es decir, de su lenguaje pictórico, incluyendo en éste no sólo su contenido formal sino también su discurso y su poética; entendiendo todo esto en un sentido de proceso, y de construcción de un proceso. Aunque no pretendamos dar cuenta analítica exhaustiva de todos los factores multicausales que conforman la expresión creadora de Vigas, en la brevedad de este simple espacio introductorio de una exposición antológica parcial de la producción pictórica y dibujística del artista durante los años sesenta. En todo caso, me permití referir mi propia experiencia para ejemplificar una de las virtudes, o de las consecuencias reflexivas y revalorizadoras que nos ofrece esta exposición, pero no es la única. El propósito principal es, desde luego, el de mostrar obras excelentes, no conocidas, de uno de los grandes maestros de la pintura actual venezolana. Pero ese primer objetivo inmediato permite conocer un tipo de expresión representativa de una de las corrientes principales del arte de su época y, en consecuencia, establecer comparaciones con corrientes ulteriores y con las actuales. Y así sucesivamente nos plantea otros problemas y reflexiones que amplían los conocimientos y las experiencias artísticas de los interesados. ![]() Personagreste IX, 1963. Óleo sobre tela. 116 x 89 cm Otra de las características resaltantes de este tipo de exposiciones parte del principio de que, mejor que ver aisladamente una obra de un artista, es verla conjuntamente con otras obras de ese artista, y mejor aún si la vemos con muchas de las demás obras de ese mismo artista. Porque, en este último caso dispondremos de mayores referencias comparativas que nos permiten distinguir cuáles son los elementos constitutivos del lenguaje visual del artista, cuáles de esos componentes son más constantes y más persistentes en las obras, cuáles son sus técnicas, sus materiales, sus maneras de usarlos, cuáles son sus temas y sus modos de tratarlos, de transcribirlos en la obra, así como los tipos de composición, sus juegos de formas y colores, etc. Luego, observar las relaciones entre esos elementos, las diferencias entre lo deliberado y lo aleatorio, lo ordenado y lo espontáneo, lo apolíneo y lo dionisíaco, lo dinámico y lo estático, y toda clase de antagonías y de polaridades, perceptibles mediante la comparación sistemática de lo observado. De esa revisión analítica minuciosa resaltan las consistencias, las congruencias, las coherencias, entre otras posibles combinaciones. La poética de Vigas, lo que se llama su ars poética, consiste en su manera personal de entender lo que es la pintura, razón de ser de su trabajo. Más que sus fundamentos históricos, importan los fundamentos lógicos. Su obra es creada a partir de esos principios, o podríamos decir que debió ser creada siguiendo esos principios, por lo cual el artista se convierte en espectador de su propia creación, o en crítico y juez de su obra. Según esos mismos principios percibidos en las obras emprendemos su lectura causal, que ve una causa en cada efecto y una lógica en cada relación. Porque en las obras vimos el orden de su realización, que reencontramos en otras obras, y por eso sabemos que la realización es deliberada y no casual (que es lo contrario de lo causal). No es que Vigas la pintó o la dibujó así porque de pronto se le ocurrió hacerlo, o le provocó por azar, sino porque obedeció a una pulsión, a un orden secreto, que le vino de alguna parte de su ser, aunque no lo pueda precisar. En tal sentido, advertimos una especie de sistema que opera en la composición o la estructuración de las obras, que luego se modifica en la concepción de otras obras con las cuales el artista ensaya un cambio en su lenguaje. Y para hacer posible el desarrollo de esa experimentación progresiva se requiere una especie de desdoblamiento psíquico, mediante el cual el artista se vuelve sobre sí mismo y se observa a sí mismo y a su obra como si fuera otro. Es lo que se llama, en términos de lógica matemática, ponerse en segunda potencia, para poder pintar de otro modo, como si no fuese él quien pinta, o quien se mira. Así trata de dejar de pintar como lo hacía «normalmente», y se ensaya a sí mismo pintando de una manera distinta por razones distintas. Esa es una manera clásica de intentar ser otro, de cambiarse por otro, o más bien de descubrirse a sí mismo como otro que intenta evadirse de sí mismo, pero a veces, como ocurrió con Vigas en estas obras expuestas, ese otro sí mismo intenta devolverse a su originalidad extraviada, y descubrirse otra vez a sí mismo creyendo descubrirse como otro. En estas curiosas operaciones metamórficas, muy practicadas en los ejercicios poéticos o mentales surrealistas, aunque no se persigan finalidades surrealistas, se implican maneras de descubrir al otro, o a los otros, con lo cual nos descubrimos a nosotros mismos y a nuestras otredades secretas, así como a nuestra intimidad vuelta extraña y ajena. No queremos decir que Vigas practique ese u otro desdoblamiento psíquico, ni que se ponga en segunda potencia en alguna de las prácticas de extrañamiento y alteridad, inspiradas o no en Rimbaud, que cultivaban los surrealistas y que compartían con los pacientes de demencia recluidos en el Hospital Santa Ana en París. No es que Vigas coincida con los prejuicios modernistas de los pintores venezolanos en contra del surrealismo. Más bien reconoce ciertas afinidades de su obra, no de su persona, con el surrealismo, pero no practica ninguno de sus ejercicios, según creo (ya se sabría). No sabemos cómo resuelve sus transgresiones contra su propia obra. En todo caso no creo que Vigas consienta en ceder el rol de decisión y de control que le confía a la conciencia y a la razón en su vida y en su obra. Él es demasiado serio y se estima mucho para arriesgar su yo y su ego en esas cosas, y mucho menos para aventurarse en el vértigo de la inconciencia y el caos de la anarquía surrealista. La importancia histórica de este breve período de la obra de Vigas que va de 1959 a 1964 consiste en que somete su pintura a una revisión radical que la conduce hacia el logro de cambios fundamentales sobre los cuales se desarrolla definitivamente el curso ulterior de su obra. Ésta es una etapa en la que decide lanzar su obra hasta sus límites extremos. Quiere revisar y modificar los fondos más profundos y sólidos en los que se afincan las bases de su trabajo. Después de haber perdido toda inocencia, y de sentir que puede despojarse de toda malicia y de todo efectismo, Vigas busca sincerar al máximo su obra en su elaboración y en sus resultados físicos y emocionales, al mismo tiempo que ensaya ser lo más honesto consigo mismo en el acto de pintar. Una vez que supo que había asimilado y metabolizado en su interioridad anímica el vasto y caudaloso acervo de imágenes acumuladas y sedimentadas en su museo imaginario, se encuentra en un punto de madurez profesional en el que puede lograr un estado de desconexión y de aislamiento personal que le permite desdoblarse para estar atento a sí mismo y a su relación creadora con su obra y con su mundo. No tiene entonces que invocar influencias artísticas ajenas, de movimientos novedosos que le son cercanos y afines. Y en ese estado de despojamiento, que no intenta asumirse como virginal, se lanza ya predispuesto a verter, o a volcar sobre las telas su sensibilidad, en actos inéditos y aventurados de creación extrema. En esa época ya habían dejado de existir los planteamientos artísticos prefabricados, como los de las viejas vanguardias históricas resucitadas en la segunda postguerra mundial. Cuando Vigas sabe que culminó su formación y su aprendizaje de «el» lenguaje del arte, le toca ahora la invención de «su» lenguaje, y pretende crearlo de un modo definitivo. Las relaciones que se le crean entre el uno y el otro no obedecen a ninguna ley. Vigas es un profesional que se preparó desde la infancia. ![]() Sin título, 1962. Gouache sobre papel. 50 x 65 cm Lo atípico del caso suyo es que no se produjo «normalmente», en el orden en que debía ser. En lugar de comenzar tratando de dibujar cosas que se parecieran a la realidad, para que le quedaran cada vez más realistas, Vigas más bien empezó al revés, inventando formas fantasiosas que no se parecían a nada conocido, y luego las fue moderando hasta que terminaron pareciéndose a las cosas reales. Así pasó, siguiendo una dirección invertida, de la abstracción al realismo, o de la imaginación a la realidad. Y después cuando ya se desenvolvía prematuramente, desde su adolescencia, pintando y exponiendo sus obras, siguió otro proceso de cambio que parecía ya normal, pasando del realismo y la figuración hacia una progresiva abstracción. En esa especie de regreso a las creaciones de su infancia andaba Vigas cuando sus figuras medio abstractas se convirtieron, en el Taller Libre de Arte de Caracas, en «Las Brujas». No eran, por supuesto, ningunas brujas. Oswaldo era ya un joven intelectual moderno egresado de la Universidad Central, que profesionalmente no podía creer en brujas, aunque sospechara que en verdad volaban. Pero a Oswaldo Trejo se le ocurrió que eran brujas, y así se quedaron hasta el día de hoy cuando las brujas y la caza de brujas se disputan los titulares del amarillismo folclórico de la política nacional. |
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