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El parto es nuestro...fotografías de Beltrán Lares Imprimir E-Mail
Archivo - 2008
lunes, 12 de mayo de 2008


Una mirada al nacimiento...

Dr. Beltrán Lares Díaz

Tomar fotografías es para mí un acto de expresión personal e individual. Es juego y deporte, es compromiso y pasión, es una forma de hablar, de pensar, de guardar silencio o gritar. Es ejercicio profesional y compromiso social. Es trivialidad y es cultura. Y sobre todo este acto está impregnado del sujeto y del objeto, de la sombra y de la luz, de lo físico y lo emocional…

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Recuerdo descubrir, asombrado y alegre, el impacto de una realidad dolorosa, cruda y a veces trágica, transformada en la belleza de los juegos de luz de la morgue o de la sala de partos, en la sonrisa extática de la recién parida o del hilo carmesí entre los muslos enlutados de la reciente pérdida reproductiva. Insólita me pareció la reacción de mis colegas ante lo cotidiano de nuestra sala de partos, al verla congelada en blanco y negro o a color, sin reconocerse a sí mismos dentro de la fotografía.

La vía de la fotografía “documental” es, en mi caso, la distracción necesaria para alejarme un poco y ver desde afuera (antes estaba inconsciente de ello), cómo los rituales establecidos por el paradigma médico de la atención del nacimiento trabajan para mantener el sistema de creencias y el núcleo de valores de la sociedad tecnocrática. En esa sociedad la mujer que pare no es la protagonista, ella es degradada, convenientemente, por la supremacía de la ciencia sobre la naturaleza y de lo masculino sobre lo femenino. No solo la “trabajan” a ella en esta transformación, todos la padecemos, sin darnos cuenta, hasta ver en una imagen la coraza y su máscara: de estudiante a doctor, de aprendiz a experto, de mujer a madre…

Veo, años después, esa transformación en los autorretratos que muestran mi cara ojerosa de residente de primer año, eternamente cansado y abrumado con tanto que aprender; mi cara de conocedor, casi experto, y estirado de residente de segundo año y, finalmente, la facies arrogante y la pose encorbatada del residente de tercer año a punto de graduarse de obstetra. Puedo reconocer también cómo exudan del centro de mi ser, como una velada forma de terapia individual, las sombras y los fantasmas de la lujuria, la rabia y la tristeza; el cinismo y la crueldad de disimular a través de la “estética” de la foto, el morbo de plasmar lo insólito y asqueroso, el asco de encontrar placer en la indiferencia ante el dolor, el maltrato, la malformación, la descomposición y la muerte; insensible en la cómoda posición del que mira sin sentir ni hacer nada.

Para tomar fotos de la guerra, como corresponsal y enmarcado en la fotografía documental, hay que tener un poco de morbo; además, sensibilidad e insensibilidad para poder estar allí frente a la muerte y atreverse a tomarle una foto e inclusive a esperar que baje el sol para mejorar la estética de la imagen. Nuestros hospitales están en guerra permanente, la descubro en pequeños soldaditos que yacen en formación en la morgue, acostados en una camilla oxidada después de haber perdido su batalla vital contra la prematurez, la malformación o la hipoxia perinatal severa. Estos posan, inmóviles, dignamente y en silencio, hasta que logro la iluminación y el encuadre adecuado.

Este trabajo fotográfico se facilita al colocarme, poco a poco, en una situación invisible y poderosa. Invisible al hacer habitual en mi cuerpo, como un apéndice propio de un cyborg, una cámara sin flash, usando una película en blanco y negro ASA 400, forzada a 1600, produciendo una foto que se toma pero que no se ve, un sonido del disparador que se hace tan común como pestañear. Poderosa, la fuerza de la posición elevada en el pedestal que el uniforme, la postura, la expresión científica y de autoridad del que lleva los galones de “doctor” sobre todos los profanos que lo rodean, incluyendo a los colegas de “menor rango”. Por otra parte, la paciente puede sentir el dolor abdominal más grande, pero seguro aguanta la respiración para la foto “científica” tanto como la vida se lo permita, antes de desfallecer.

Lo que mi ojo de fotógrafo amateur ve, no es solo la escena adecuada para disparar, son los fantasmas, mis fantasmas y sombras que una vez más usan mi dedo, aprietan el botón y la cortina se corre.

Otra mirada al nacimiento...
Luego cambio, me cambia la paternidad, me cambia la lectura y las feministas, las activistas del nacimiento humanizado. Me cambian la arrogancia y la humildad que a golpes la vida me facilita con fluidez. Y tomo otro rumbo, navegando contra corriente y con una sonrisa de ilusión en la cara y la esperanza del cambio. También cambio explorando la novedad de las cámaras digitales y la inmediatez de la foto en la pantalla que puedes borrar y repetir, sin esperar a ver los contactos. Además, el teléfono celular se convierte en otra opción a pesar de no tener aún suficientes píxeles o lentes poderosos, defectos que se compensan con su ligereza y ubicuidad.

Descubro, entonces, que la semi-oscuridad es mayor cuando se pare bajo la premisa de la menor intervención y luces tenues del parto “natural”. Y busco la fotografía que capte el momento mágico de esa primera mirada mutua entre la madre y su bebé recién nacido o la mirada perdida y ensimismada de la mujer que ve hacia su interior en plena conexión con el instinto, justo antes de pujar por última vez. Son vulvas expuestas al límite y manos entrelazadas en máxima conexión para lograr la esencia, sin expresar cursilería ni ser prosaico. Entonces, me sigo dando cuenta de que a veces para tomar fotografías hay que parir un poco…

Febrero, 2008


El parto es nuestro...

Isabella Polito de Lares
Directora-Fundadora de la Asociación Civil Auroramadre

Exponer estas imágenes es la oportunidad para generar una discusión. Es la ocasión no solo para enfrentarnos con la violencia obstétrica que padecen nuestras mujeres en las maternidades, tanto públicas como privadas, sino para mostrar al público, en general, y a las mujeres, con mayor énfasis, que sí existen formas diferentes de traer a nuestros hijo(a)s al mundo: el parto humanizado.

Las mujeres hemos perdido el espacio del parto, el nacimiento de un bebé se ha convertido en un momento mecánico, controlado por máquinas que nos confirman el bienestar del bebé y la madre, y por un personal altamente efectivo en lograr que no se sobrepase el tiempo porque se necesitan los quirófanos para hacer más operaciones. Somos piezas de una fábrica en la que un procedimiento va llevando a otro, hay que acelerar las contracciones, la anestesia nos tranquiliza y permite que el médico haga su trabajo, y nosotras nos quedamos más tranquilas (sumisas) porque ya no nos duele y permitimos que nos invadan y maltraten nuestro cuerpo. Cuando nos muestran a nuestro bebé, enseguida se lo llevan porque «al bebé hay que vigilarlo». No podemos amamantarlo ni abrazarlo.

El parto es uno de los hechos más importantes en la vida de una mujer, el nacimiento es el momento más significativo en la vida de un ser humano; de cómo seamos recibidos dependerá nuestra relación con el mundo. Comprenderemos que somos bienvenidos y amados si nos acogen los brazos de nuestra madre, nos sentiremos protegidos, seguros y confiados; no tendremos miedo. Pero si como bebés nos aíslan en una caja transparente, con luces intensas y nuestro llanto solo sirve para que la enfermera de guardia diga que somos unos malcriados desde tan temprano, sentiremos que nuestra necesidad de ser tocados y abrazados no es importante, nuestro cuerpo se contraerá por el miedo, la desolación y la desconfianza.

Dice el Dr. Michel Odent (médico francés, pionero del parto natural y en agua) «Para cambiar el mundo, antes hay que cambiar la forma de nacer». La génesis de la violencia en nuestra sociedad actual está marcada por la manera como nacen nuestros bebés. El aislamiento, la insensibilidad, la forma como esta situación se repite en el mundo entero clama porque hagamos algo, porque las mujeres tomemos cartas en el asunto, porque los gobiernos, los médicos y todos los sectores de la sociedad comprendan los cambios que debemos generar para favorecer experiencias más amorosas, sensibles y respetuosas durante el embarazo, el parto y el posparto.

En mayo, se celebra en el mundo la semana del Parto Respetado. En Venezuela, el movimiento para la humanización del nacimiento aspira a tener cada día más mujeres y sus familias abogando por sus bebés y por ellas mismas. De esta manera nace Auroramadre, con la intención de divulgar y mostrar las opciones para un parto armonioso y un nacimiento sin violencia. Aspiramos que esta exposición genere una reflexión en todos los espectadores, pero sobre todo que sea un aporte para generar los cambios que tanto anhelamos, y así encaminarnos hacia la humanización del nacimiento en nuestro país.

Del 15 de mayo al 13 de julio de 2008

Sala NG del Celarg
Av. Luis Roche, Altamira, Caracas, Venezuela

Fuente: Alexis Pérez-Luna

 

Arte en la Red

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