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Lecturas - Artículos
lunes, 01 de diciembre de 2008


por Ofelia Avella
Universidad Metropolitana

Todos sabemos que la lectura nos revela un mundo maravilloso: un panorama de sucesos, acontecimientos, historias, aventuras pasadas, posibles e incluso ficticias; una gama inmensa de personajes, caracteres, todos con deseos manifiestos, ocultos, y quizás inadvertidos por ellos mismos. El hecho es que, al leer, abrimos una ventana que velaba hasta el momento una infinitud de posibilidades cuyo descubrimiento asombra.

Aunque el enfrentamiento al suceso remoto o a la ficción amplían suficientemente la visión de quien lee, no es éste el punto en el que deseo detenerme, pues al contacto con las “historias narradas” subyace otro que pasamos muchas veces por alto y parece esencial considerar. Se trata, en breve, de esa relación con las palabras que media entre el lector y la historia leída.

Vivimos tiempos en los que la función puramente sígnica del lenguaje domina nuestra comprensión del mundo. Así, la literalidad con la que debemos entender un manual que explique el funcionamiento de una computadora, de una máquina digital o de un nintendo wii, en aras de lograr que funcione bien, evidentemente, imprime una especie de visión plana de la vida. Es cierto que un médico debe comprender literalmente dónde está el corazón, pues en lo relativo a su ubicación no hay nada que “interpretar”; es cierto igualmente que la plancha debe usarse exclusivamente para aquello que está escrito en el manual que explica su funcionamiento, a saber, “úsese sólo para planchar”, pues cualquier “interpretación” de tal imperativo podría matarnos. Así, donde dice “peligro” debemos entender “peligro”; de una tal advertencia no se espera que “interpretemos” si con el uso de esa palabra pretenden asustarnos o burlarse de nosotros, tanto como un médico no puede ponerse a “interpretar” si por “arteria” se querrá decir “vena”. Se espera que el médico entienda literalmente qué significa lo que lee, así como un bombero debería comprender, literalmente también, cómo funciona la manguera que va a usar para salvarnos.

Ahora bien, si bien es cierto que en todas estas situaciones debemos comprender literalmente lo que significan las palabras, no podemos perder de vista que la realidad no se reduce a una sola dimensión. La dimensionalidad propia de lo real late en la flexibilidad del lenguaje y se revela, de un modo muy adecuado, en la Literatura.

Las palabras “encantan” a la inteligencia, a modo, sí, de hechizo, porque contienen virtualmente la dimensionalidad de la realidad. La flexibilidad del lenguaje se funda en esa especie de excedencia de la realidad con respecto a ella misma. Es la apertura de lo real lo que posibilita y mueve al hombre a procurar expresarse siempre de manera novedosa e inacabada, pues casualmente todos sentimos, infinidad de veces, que no hemos dicho lo que “queríamos decir”. Ese “insatisfecho deseo de la palabra pertinente”, como señala Hans-Georg Gadamer, dice relación a una realidad que nos trasciende y no podemos abarcar.

Necesitamos, sin embargo, expresarnos, y en este encuentro con la dimensionalidad contenida en las palabras, advertimos la riqueza del mundo al que ellas remiten, así como la dinámica de la reflexión interior.

La flexibilidad no supone, sin embargo, una interpretación indiferenciada, pues uno no puede atribuirse la libertad de decir cualquier cosa sin soporte alguno como referencia.

Hace poco, durante las pasadas vacaciones, fui testigo de una situación que cabe muy bien aquí como ejemplo de lo que no entiendo por interpretación, pues cuando se habla de Literatura, de Poesía, de sentido figurado, de simbolismo y de interpretación, se corre el riesgo de pensar que en tales contextos la noción de “verdad” queda como diluida en la nada.

Lo que sucedió fue lo siguiente: estaba yo en la playa cuando de pronto llegó alguien a decirnos que fuésemos a la orilla de otra playa a ver un delfín muerto. Nos alistamos rápidamente para ir a ver al delfín cuando otra persona recomendó que no fuésemos. Nos explicó que el delfín impresionaría mucho a los niños, puesto que le habían sacado los ojos al dispararle con un arpón. Mientras hablábamos acerca de cómo era posible que alguien hubiese hecho algo así, otro llegó diciendo que los bomberos habían llegado a enterrar al delfín. Quisimos ir al entierro cuando alguien nos dijo que ya lo habían enterrado. Los niños lloraron porque estaban ilusionadísimos con asistir al entierro; uno decía que ya nunca más vería al delfín y el otro que no entendía lo que pasaba. Les explicamos que otro día verían a otro delfín y así, confiados, se calmaron. Una media hora después pasaron los bomberos con una mole grande cubierta en el techo del camión. Unos dijeron que era el delfín.

Me acerqué al salvavidas para preguntarle qué había ocurrido con el delfín y él, aunque no lo había visto, dijo que los bomberos se lo habían llevado. Le pregunté lo del arpón en los ojos y me dijo que eso era imposible que ocurriese, pues tanta puntería sólo era propia de un francotirador. Señaló que el delfín debió haber chocado con una lancha y que con el tiempo, se le brotaron los ojos.

Nunca supe si habían enterrado al delfín o si los bomberos se lo habían llevado. Nadie sabía cómo había muerto realmente, pero todos opinaban. El punto es que no es ésta la interpretación de la que hablo, pues así como entre tanto cuento que iba y venía, la realidad de lo sucedido con el delfín debió haber sido el punto clave de referencia, asimismo la literalidad del lenguaje constituye el soporte de toda figuración posterior.

Es cierto que hubiese podido perseguir a los bomberos y recurrir a un forense para descubrir la verdad hasta donde fuese posible. El interés, sin embargo, no era tan grande como para esforzarme tanto. Además, ése no es el tipo de acceso a lo real que ahora considero. El ejemplo sólo ha servido para mostrar que toda interpretación de un suceso real, tanto como de un modo figurado de hablar, supone un punto de referencia estable que sea verdadero.

Para el filósofo vasco Xavier Zubiri, la Literatura no figura que la realidad sea de tal o cual modo, sino que en el caso de la ficción, se trata de realidad en ficción. Así, la poesía será realidad en metáfora o en figura. Lo que intento decir es que el símbolo tiene como soporte, en última instancia, la realidad. La polisemia mana de la riqueza del ser, pues como decía Cortázar, debemos ir del ser al verbo; no del verbo al ser.

Por ello es precisamente esta dimensionalidad de la realidad lo que deseo considerar ahora; es justo esta hondura propia de lo real lo que intento mostrar que se revela en todo uso figurado del lenguaje, pues la relación entre el lenguaje y el pensamiento es tan profunda como la que media entre el lenguaje y la realidad. Y es que el lenguaje, como mediación, refleja la estructura de la realidad, tanto como la diversidad de horizontes.
Así, cuando contemplando la nata que cubre la leche hervida la comparamos con el velo que cubre lo oculto, o con la transitoriedad que tiembla y se quiebra con facilidad dando así paso a lo eterno, la doble posibilidad converge sin que la contradicción florezca. La multiplicidad de interpretaciones brota de la diversidad de matices implícitos en la realidad misma. De aquí que el lenguaje, al fundarse y remitir a lo real, implica necesariamente una cierta comprensión del mundo.

Los puntos de referencia son múltiples y los modos de aproximarse a la realidad también. El lenguaje debe por ello amoldarse a una realidad que emerge en relieve y de la cual se nos escapa siempre algo. Se trata de una búsqueda progresiva de palabras que descubran y revelen “lo que es” siempre desde horizontes diversos. Horizontes que no son sino puntos de referencia desde los cuales se capta un fundamento que necesariamente “es”.

Hace poco, una alumna rusa me comentaba lo mucho que la había impactado el mar del Caribe. Contaba que en Rusia el mar es oscuro, tanto que se le llama “negro”. Confesaba que cuando veía el azul del mar en algunas películas, asumía que la intensidad del color era un efecto bien logrado en Hollywood. Así, una vez llegada a Venezuela, el azul del mar la asombró al descubrirle que era cierto y no ficticio.

Ambos mares son reales y ambos son diversos. Cualquier otro mar que difiera de los existentes será ya ficticio; pero será realidad en ficción, en el sentido de que el mar real está supuesto. La diversidad de referencias, sin embargo, de las cuales partimos en el mundo real, provee los elementos que constituyen el soporte de toda figuración posterior, pues no comprenderíamos la metáfora de la nata como velo que oculta un secreto si no partiésemos de lo que “es” la nata.

Así también, al delfín debimos haberlo visto para aproximarnos a la realidad. Habría sido de todos modos una realidad figurada, pues sin recurrir a un forense nunca hubiésemos podido enterarnos de si chocó contra algún barco; con un mínimo de referencia, sin embargo, no habría sido lo que vimos que fue: una figuración absoluta de la realidad basada en un delfín que nadie vio.

El hecho es que la realidad en símbolo es algo muy distinto a lo que muchas veces se piensa. La “verdad” de la poesía y de la Literatura en general es “de otro tipo”, pues al revelar los relieves de la vida, en orden a que los hombres atendamos al “ser de las cosas” que no advertimos en la agitación, propone un acceso a lo real que enriquece la visión al mostrar que hay dimensiones.

La polisemia se abre desde lo real; por ello las interpretaciones que rondan el ser de lo real se complementan todas en su intento por mostrar los matices de lo contemplado. Así, un cuarto oscuro puede asemejarse a la oscuridad de un alma confundida o existencialmente en crisis; de igual modo es comparable a la suspensión del juicio que genera la duda, pues así como si camino en la oscuridad probablemente choque, asimismo podría errar si decido en la incertidumbre. El punto es que la noche, en su negrura, es siempre noche oscura. En su carácter de carente de luz, puede también hacer las veces de signo de la luminosidad que sigue a la oscuridad.

La literatura abre el cauce para una comprensión de la realidad en sus múltiples dimensiones. El hombre moderno necesita del símbolo para elevar su mirada; para abrirse a los relieves de la realidad, los cuales parecen haber sido aplanados por la función puramente utilitaria que se ha adjudicado al lenguaje.

Necesitamos re-aprender a ver tras la materialidad de este mundo ese ser oculto que engendra vida y abre a la trascendencia. Por ello el lenguaje, como mediación entre lo visto y lo no-visto, conduce a quien lo conoce y domina a un mundo que, como Narnia, se esconde tras una puerta.

Delineadas así, a grandes rasgos, las razones por las que resulta fascinante leer literatura, la inicial obligación con la que quizás muchos deban comenzar a descubrir este mundo promete ser, a la larga, muy placentera.

Ofelia Avella

Caracas 30 de octubre de 2008

Ponencia presentada por Ofelia Avella en el Coloquio "Leer: entre el placer y la obligación", realizado en la Universidad Monteáviila, Caracas, Venezuela, los días 30 y 31 de octubre de 2008

 

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