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por Fedosy Santaella
La calle es fugaz, y está llena de historias que pasan, y que nos dejan apenas una estela, una pista, un diálogo. Es más de una ocasión me ha tocado escuchar un fragmento de esas miles de historias que transitan las aceras. Son momentos mágicos, momentos que rompen el ladrillo de la realidad, como decía Cortázar, y te llevan a otra parte.
No se trata de cerrar los ojos ante la realidad, no se trata de nihilismo, indiferencia, decadencia, superficialidad o inopia. Estos momentos son necesarios para subsistir, para seguir adelante, para darnos cuenta de que estamos vivos, de que vale la pena el bochinche existencial, a pesar de todo.
Está de nuestra parte hacer algo con ese soplo de vida. Está de parte del escritor, dejarlo como lo encontró o alargarlo, continuarlo, inventarle nuevas situaciones y personajes.
Por mi parte, sólo el careo con el papel me hace comprender si la historia necesita más pólvora o no, si vamos a construir un cañón o un virus casi imperceptible pero mortal. Sólo este careo y el tiempo te indicarán el tipo de arma que construirás. A veces, un plan fieramente establecido falla. A veces, funciona a la perfección. Y siempre, siempre, la escritura será un misterio.
Muchas de estas historias las he prolongado. Porque me lo ha pedido la mano, porque me lo ha pedido un lector de confianza, porque me lo he pedido yo mismo como lector. Otras, las he dejado casi en bruto, con escasas modificaciones. El resultado es, generalmente, un texto muy breve, con infinitas posibilidades. Un texto absolutamente abierto. Una invitación al lector.
Estos mini-textos no le dicen a quien los lee: “Ven, entiende lo que quiso decir el escritor”. No, sus palabras son otras. Sus palabras son: “Pasa adelante, llénate de magia, de vida y de muerte”. ¿Cómo es posible un texto así? Un lector perspicaz podría gritar indignado: “¡Estafa, estafa, este hombre pretende que nosotros escribamos su historia!”. Cada cual que piense lo que quiera. Pero no cualquier texto puede lograr que esto ocurra. Un mini-texto, un mini-cuento, un mini-diálogo (lo llamaré de aquí en adelante “mini-texto” porque me parece el más genérico y adecuado para la situación), debe tener una carga suficiente de misterio, de tensión, de concentración que pueda contarse por sí sólo en ese instante, pero que también pueda seguir, desarrollarse, crecer.
No todos los mini-textos son iguales. Hay mini-textos completos en sí mismos, que nos deparan una sorpresa al final y que son esféricos, cerrados. Si el lector desea continuar el viaje lúdico personal, está bien, pero no es necesario. En todo caso, sí considero que se debe volver a ellos para disfrutar una vez más de su embrujo o, si así se quiere, intentar diseccionarlo para encontrar dónde caímos en el cepo.
Hay otros mini-textos que son como el arranque de algo, la pista de un crimen que nos invita a seguir. Podríamos decir que son mini-textos detectivescos, que tienen gran posibilidad de convertirse en relatos o en novelas para el lector.
Otros, llevan una carga de misterio tal, una magia tan profunda y sobrecogedora, que preferimos dejarlos hasta allí. Son casi unos poemas. Son hermosos y perfectos. Si queremos continuar, lo hacemos bajo nuestro propio riesgo.
Todas estas “categorías” de mini-textos son perfectas, fascinantes y con igual grado de dificultad para trabajar. Pues conseguir ese chispazo, no es como lanzar piedras al mar. Con cualquier frase no basta. Cada palabra del mini-texto tiene su lugar, no debe faltar ni sobrar. El mini-texto es un arma cargada de palabras sugerentes. Su finalidad es hacernos comprender qué extraña y qué fantástica puede llegar a ser la calle que a diario pisamos, las palabras que todos los días usamos. En el mini-texto las palabras son una puerta a lo sagrado; es decir, nos regresan al tiempo original, y se cargan de nuevos significados. Significados que en muchos casos se nos antojan cercanos al horror. “Todo ángel es terrible”, dijo Rilke. Y sí, la fascinación verdadera está muy cercana al horror. Pero es que al muerto que camina no lo horroriza saberse muerto, sino descubrirse vivo y parte de una crecida de río donde todo fluye, donde todo cambia. Por eso, siempre he pensado que el terror y el humor están unidos uno al otro como lo estuvieron aquellos famosos hermanos Chang. La vida, para quien estuvo ciego durante mucho tiempo, puede resultar terrorífica. El primer film de Matrix logra expresar esta sensación de un modo excepcional, en más de noventa minutos. El buen mini-cuento, lo hace del mismo modo, es pocas palabras, en pocos segundos.
Terror, extrañamiento, humor, alegría, ternura, y una serpiente que se muerde la cola. El mini-texto. |