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En torno a “Lámpara de Fiebre": Signos de luces y sombras: territorio prohibido para los límites Imprimir E-Mail
Lecturas - Artículos
miércoles, 14 de octubre de 2009


por Ítalo Morales

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¿Alguna vez han escuchado el grito lastimero que emiten las palabras al contacto con el fuego? ¿Han sentido que lo real se puede convertir en la suma de sueños postergados? Responder a estas preguntas es oficio de poetas que bordean los abismos, que se aferran a las palabras para no caer o para no sentir la caída inadvertida. Sentir la ebullición de los sueños más allá de la vigilia es acceder al reino de lo surreal: es penetrar en las comarcas de Jorge Castillo Fan.

Su poemario Lámpara de Fiebre se constituye en un avasallante fulgor de signos que sugieren, a un primer nivel, una cascada de imágenes que transitan entre la frágil contemplación de lo real y la marejada onírica. Mantiene una profunda autorreferencialidad con el lenguaje, el mismo que -por su propia dinámica- se torna en medio y objeto, al mismo tiempo. En un nivel más profundo -revelación de los elementos que motivan y generan los significados subconscientes- encontramos una serie de oposiciones sígnicas que trataremos de explicar por su gran referencialidad.

Para comprender el texto completo partimos de una semiología evidente que atraviesa el poema y que se traduce en dos términos que subrayo: FUEGO y SUEÑO. Veremos que FUEGO se refiere, en su connotación clasemática, a la corporalidad, temporalidad y límite; mientras que SUEÑO referirá una serie de categorías como fugacidad, evasión, intemporalidad. A esto se unen otros elementos como alma, lluvia, ojos, cuerpo, alas, viento, etc, y que -como bien explica la escritora Pilar García Huerta-“…éstos se comunican entre sí porque en todos ellos coexiste lo hallado y lo perdido simultáneamente”. Los poemas están atravesados por imágenes y conceptos que se entrechocan como si fueran tierra y cielo, referente y conciencia: luminarias de un todo que no cesa.

A partir de la corporalidad, que es parte del FUEGO, el Yo lírico empieza su danza metafísica de búsqueda y desvelo: porque lo real es horrendo como fábula, como diría Juan Ojeda. Las primeras luces son ofrecidas por los versos que irán asimilando la dialéctica y ebullición de lo irracional: “deliro / luego existo.”; es el primer concepto anticartesiano que extiende su nube de opacidad. A partir de este instante el discurso es una continua serie de oposiciones entre el FUEGO que anuncia la corporalidad y el SUEÑO (delirio) que refiere la evasión. Muchas palabras y frases sintagmáticas están refiriendo de una manera tenaz a este perpetuo acto calcinatorio: “flor de fiebre”, “alas que crepitan”, “crepitar que se ala”, “lámparas de insomnio”, etc. Por otro lado, el SUEÑO, cuya significancia a nivel profundo nos refiere la idea de lo eterno o intemporalidad, se opone a la noción del FUEGO (corporalidad).

¿Cómo se explica esta noción opositiva y qué relación existe entre las palabras que designan un mundo des-realizado y el Yo lírico? Creemos que el Yo lírico se regodea en una subjetividad que elimina toda referencia a lo externo, tomado éste en su función pragmática. El lenguaje está absolutamente despragmatizado y tiene una autorreferencialidad que celebra su propia búsqueda etérea y surreal del infinito. Las imágenes siguen un orden ascendente y descendente sugiriendo una dialéctica u osmosis ininterrumpida: elipsis de un vértigo que sólo corresponde a la órbita de lo no vivido y lo imposible. Entre la corporalidad -que será el signo del fuego que calcina los últimos escombros (temporalidad)- y el sueño (signo subyacente de la intemporalidad) hay un puente que comunica las pulsaciones en un festín de luces y sombras. Dice:

Una palabra
una sola palabra
que aflore del fuego más perfecto
de los cuerpos sellados por el viento
(…)
Una palabra
un puente que se enciende para siempre
un solo soplo de alma
y todo bajo el cielo estará dicho.


Por eso, el sentido del infinito y de la claridad no se hallan en esta aparente realidad sino en los extramuros, en la otredad donde la lejanía se contempla con ojos acaecidos: “el mar nos presta su lengua”, dice el Yo lírico al reconocer que el silencio es la tortura omnipresente. A través del signo agónico que está celebrando su ardor y su fiebre, el cuerpo se transmuta en una cadena de vibraciones hacia la fugacidad, y la proyección de una tentativa de muerte se desvanece. La evasión se engendra en ese margen donde el Yo lírico bordea el lenguaje, pero tiene la ligera conciencia de que su asimilación total es inasible. Estas recurrencias se observan claramente cuando expresa:

fuego de canto: el alma
canto de fuego: el alma


Su reconversión dialéctica es:

alma del canto: el fuego
canto del alma: el fuego


Este último poema es esencial y se constituye para nosotros en el eje del entendimiento del libro. Estas oposiciones no son gratuitas, al margen de su relación con lo cognitivo. Es idea antes que emotividad. El poemario para esto se carga de una serie de frases cuyos lexemas principales refieren atingencias concretas o abstracciones ideales. Por ejemplo “Y esa palabra / fósforo de tiempo…” es una metáfora que se puede entender como destrucción del tiempo. De igual forma, ejemplos que sustentan esa comunicabilidad entre estas oposiciones son las siguientes figuras:
“la lanza de tu ausencia”, “flor de ensueño”, “jardín de los encuentros”.

El poemario está saturado de este tipo de enunciados que concurren a crear esa sensación de luz y sombra, de vértigo continuo que no muere. Las palabras lámpara, flor, jardín (referentes del lado de la corporalidad y materialidad) son parte de la calcinación que también involucra al cuerpo, mientras que sus adjetivaciones a través de enlaces como ausencia, ensueño, encuentros, están comunicándose con el margen de la intemporalidad: allí la conexión subconsciente con el territorio de lo emotivo.

¿Sólo las palabras son los componentes emulsionadores de una suerte de esperanza y de puente salvable entre ese fulgor-muerte y la otredad que es sueño-evasión? En un primer momento todo concurre a acelerar este proceso; sin embargo, luego hallaremos que al final del poemario -cuando el Yo lírico siente que su recorrido hacia el abismo y la fogata es ineluctable- surge la luz transfigurada de un amor que destruye los márgenes, edifica una nueva ventana:

Más allá del latido y la palabra
tu amor que danza en fuego
y deshace las aspas de la muerte
Más allá de tu fiebre y mi delirio
tu amor que alumbra el agua sin final…


Esta es una referencia intensa, pero no revela un suficiente fulgor para la definición total. Siempre el FUEGO y la fiebre serán una constante celebración que reconoce la fugacidad como ajena a la experimentación feliz: la soledad y el desierto de la sombra y la luz se mezclan con ella: simbiosis de muerte y vida, donde sólo la palabra es el dios fueguino del mundo borgiano.

La palabra aúlla lastimeramente en su caminar viviente a la perfección.

Ítalo Morales

ÍTALO MORALES (Chimbote 1974). Es Licenciado en Educación por la Universidad Nacional del Santa. Ha obtenido varias distinciones en narrativa, como el Primer Puesto en el Concurso de Narrativa Regional Nuevo Chimbote (1998), una Mención Honrosa en el Concurso de Narrativa Lundero (1999) y la II Feria del Libro de Trujillo (2005). Es autor de Días de suerte (1999), Memorias de pagano (2001), El aullar de las hormigas (2003), Camino a los extramuros (2005) y Destierro de Abel (2008).

 

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