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Cómo y por qué enseñar a los niños a pensar Imprimir E-Mail
Lecturas - Artículos
miércoles, 12 de marzo de 2008


por Beatriz Pineda de Sansone

Platón expresó en la "República" que el filósofo verdadero será gobernante o "guardián perfecto" y, complementariamente, los gobernadores o "guardianes" serán filósofos. Un filósofo es quien contempla lo bello y lo feo, lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, se asombra por lo que sucede en la realidad y trata de comprenderla y transformarla. Pero no sólo el filósofo se sorprende o se molesta por algo que acontece, todos los que tenemos sensibilidad nos asombramos y maravillamos, pero hace falta algo más: el deseo de transformar la realidad cuando algo nos moleste. Este deseo hay que cultivarlo, estimularlo mediante el proceso educativo. Incomoda, precisamente, que en nuestros colegios, tanto públicos como privados se estimule poco el pensamiento crítico-creativo de forma autónoma. Y aún peor, que los docentes censuren y aplasten las inquietudes individuales. Tradicionalmente, el docente se comporta como el sabihondo que mira al estudiante desde su alta investidura con escaso o nulo respeto. Nada más errado. Si queremos lograr que el aula se convierta en viva experiencia hemos de transformarla en un espacio interactivo, donde se escuche con interés y respeto, no sólo, la voz del profesor, sino también, la de los estudiantes. De esta forma alcanzaremos, además, la libertad de participación, el juego, la diversidad.

¿De qué manera desarrollamos en los niños los hábitos de lectura y el pensamiento crítico-creativo? ¿De qué forma alcanzamos el enriquecimiento del lenguaje, la imaginación y la libertad?, son preguntas que, a menudo, se hacen docentes, padres y representantes. No encuentro mejor recomendación que narrar o leer cuentos y poesía de forma sistemática –una o dos veces por semana- a los niños. La presentación del autor debe ser el punto de partida, luego la lectura o la narración del cuento, y, por último, el diálogo y el juego. Para desarrollar la conversación con los niños o jóvenes, debemos sugerirles que hagan una cantidad de preguntas por escrito que tengan que ver con sus propios puntos de vista, y que argumenten y expongan sus razones, es decir, que las respondan. También el docente, o quien narre el cuento debe formular un cuestionario de preguntas, y tener presente los ejes problemáticos para plantear la discusión. Quien dirija la actividad debe hacer respetar las opiniones de cada niño, estimular y evaluar en base a la expresión de los propios pensamientos y razonamientos.

Mediante la narración de cuentos, o de poesía la existencia humana se vuelve significativa, pues ambos presentan una matriz de significado que estimula la reflexión, el descubrimiento, la inferencia, el desarrollo y la revisión de ideas, y no sólo los productos del pensamiento.

Existen dos formas de propiciar la reflexión del cuento: mediante debates o mediante conversaciones posteriores a la lectura. De esta forma el aprendizaje y la indagación fluyen, gracias al diálogo y a la orientación que tanto el profesor como los niños le den. Mediante la narración del cuento y luego las conversaciones y los debates se promueven el pensamiento, la atención, la argumentación, la concentración y la tolerancia con respecto a las distintas opiniones que se expresen. Cuando desarrollamos las habilidades para la discusión, simultáneamente, estamos ejercitando las destrezas del pensamiento. Todo apunta al desarrollo de nuestra inteligencia que es eminentemente lingüística. No debemos perder de vista que un verdadero diálogo implica siempre una reflexión importante por parte de cada uno de los participantes. A través del diálogo podremos saber lo que piensan los niños y cómo lo expresan para poder lograr su comprensión y discusión posterior. Con esta práctica de razonamiento se logra el mérito de enseñar a los niños a ser críticos, independientes, seguros de sí mismos.

El docente, como guía, debe procurar que el diálogo no pierda el rumbo y se encauce hacia temas trascendentes –sugeridos por la obra-, es decir, hacia situaciones que pueden suscitarse en la vida de un niño y de cualquier adulto. Textos como "La abeja haragana", "La tortuga gigante", "La gama ciega" de Horacio Quiroga; "El robo de las aes" de Gonzalo Canal Ramírez; "La historia de una gaviota y del gato que la enseñó a volar" de Luis Sepúlveda; "Catire" de Rufino Blanco Fombona; "El árbol generoso" de Shel Silverstein; "Manzanita" de Julio Garmendia, o "Las odas a la alcachofa y al fuego" de Pablo Neruda, constituyen buenos caminos para lograr la reflexión y comprensión de temas tan relevantes como el amor, el trabajo, la solidaridad, la verdad, la autenticidad, la protección a los animales y a la naturaleza, la justicia, la generosidad y la amistad, la identidad, entre otros.

Víctor Guédez ha expresado que "la inteligencia es la capacidad de dar respuestas eficientes, racionales, críticas, creativas, éticas y afectivas". Es decir, "lo eficiente involucra 'el saber hacer'; lo racional 'el saber'; lo crítico 'el saber por qué'; lo creativo 'el saber a través de qué'; lo ético 'el saber hacia dónde'; y lo afectivo 'el querer saber'". Todos estos aspectos conforman una unidad, un todo indivisible que se logra con la estrategia de contar cuentos a los niños. Este criterio ha convertido el programa La Hora del Cuento de la Fundación Manzanita en una importante estrategia para lograr el desarrollo de los hábitos lectores, del pensamiento crítico-creativo, del enriquecimiento del lenguaje y de la cultura general, entre otros. Si acostumbramos a los niños a escuchar cuentos desde temprana edad, estamos sembrando en tierra fértil millones de ideas que, con seguridad, irán germinando en preguntas, en deseos de saber, en indagación, en reflexión y en creatividad. Con mucha razón filósofos como K. Jasper nos alerta cuando expresa: "Los niños poseen con frecuencia una genialidad que pierden cuando crecen. Es como si con los años cayésemos en la prisión de las convenciones y las opiniones corrientes (…) perdiendo la ingenuidad".

Un niño que pregunta es un niño que quiere saber. Nuestro deber es estimular ese deseo, halagarlo y reforzarlo.

El valor de un buen cuento se debe, entre otros aspectos, a su calidad estético-literaria. Y ¿qué mejor modelo, con respecto al uso de la lengua, podemos ofrecer a nuestros niños y jóvenes, que los textos escritos por autores de reconocido prestigio nacional e internacional?

Beatriz Pineda de Sansone

Licenciada en Letras

 

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