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| Beatriz Leyton: Family Life |
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| Latinoamérica - Chile | |
| jueves, 03 de enero de 2008 | |
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En Viña del Mar
La inauguración de la muestra se efectuará el 3 de Enero de 2008 en el Centro Cultural Palacio Carrasco Viña del Mar (Av. Libertad 250) y estará abierta al público hasta el 20 de Enero. La artista realizará un desmontaje abierto al público como parte de la obra el 19 de enero. ![]() La exposición incluye un video del montaje-desmontaje de Family Life realizado en la Sala Chile del Museo Nacional de Bellas Artes. A través de una serie de imágenes de interiores domésticos la artista reflexiona sobre el universo de lo íntimo, apuntando hacia la noción del habitar humano. Asume la casa como un supuesto ‘estable’ donde se materializan los anhelos en torno a la noción de hogar. La obra interviene el espacio con imágenes de interiores de una casa: living, dormitorio, baño y cocina, todos hechos con alfileres, sobre paño lenci. Durante la última semana de exhibición, se irán desmontando y colocando en vitrinas que agrupan los alfileres según su color. Con su diversidad de colores (rojos, amarillos, verdes, azules, naranjas, rosados, blancos y morados) configuran líneas a través de los puntos y se transforman en dibujos de perspectivas interiores de una casa. Domus provisional Como lo hizo en la muestra Ritos ( Museo Nacional de Bellas Artes, Santiago de Chile, 2001), centrada en la búsqueda de la identidad femenina a través del matrimonio, nuevamente Leyton habla del universo íntimo, esta vez, tanto femenino como masculino. Apunta al habitar humano, aunque la omnipresencia del alfiler remita al mundo de la confección, tradicionalmente ligado a labores de la mujer. Pero más allá de cuestiones de genero, la utilidad del alfiler para juntar telas y ensayar un diseño antes de pasar a la costura propiamente dicha, puede ser interpretado en términos metafóricos más generales. Nos da la imagen de un aspecto que, como veremos luego, resulta principal en Family Life: la provisionalidad del hogar. La sensualidad de la tela (rasos y tules) que exhibía Ritos de algún modo continúa en la suave textura del paño; pero desaparece la delicadeza del pliegue y con ella el sutil juego de luces y sombras asociado; por otra parte, ya no es el blanco cegador el que domina sino el negro. Nocturnidad absoluta resaltada por la luminosidad de los alfileres e imaginariamente palpable, si bien infinita, sublime. “El usar blanco sobre blanco significaba llevar una situación al límite” dice la artista. ¿Cuál es ahora el límite? Quizás sea el del cuerpo ausente de la escena cuando todo haría suponer su presencia. ¿Para qué un habitat si no existe el habitar? Como lugar practicado, el hogar es prueba de vida y de identidad, el mejor testimonio de la capacidad del sujeto de crear un ámbito de pertenencia. Si el espacio geométrico es medible, cuantificable, el antropológico no lo es. En tanto existencial, juegan en él afectos, miedos, encuentros y desencuentros. Es un espacio relacional, un cruce de seres en movimiento que lo vuelven cambiante, no siempre caracterizado por la seguridad o la protección. Dice Leyton: Cada parte de la casa (cocina, baño, dormitorio, living, patio interno, etc.) posee una particular dimensión simbólica. El living, según define Leyton, es “carta de presentación cultural” volcada al mundo exterior. En esto se diferencia del “refugio”, que refuerza el mundo interior. El living será el lugar de la pose, de las apariencias, manifestación de la virtualidad del ser que construye su identidad según lo que imagina se piensa de él. En este espacio simbólico somos lo que aparentamos ser. Aclara Leyton que su obra es “una acusación dirigida a un mundo maquillado que no aporta un espacio de protección al individuo”. Es más, lo deja solo. Podríamos concluir que, con mínimos detalles, los espacios de cuerpos ausentes de Leyton dibujan de modo lúcido una antropología de la soledad contemporánea . Pero Leyton no proyecta nada concluyente. Aceptando la suspensión en el tiempo opta por una obra inacabada, por un work in progress infinito en el que podría desenvolverse a la perfección el caminante (wanderer) de Nietzsche, alguien que sin meta puede disfrutar del caminar por el caminar mismo. Mientras el viajero va hacia alguna parte, el caminante no persigue ningún fin: halla placer en los cruces, en lo transitorio, pues es allí donde mejor despliega su espíritu libre. A la imagen metafórica del caminante se suma la mítica de Penélope que tejía y destejía para volver a empezar y la de Sísifo que repetía trabajosamente una y otra vez la misma acción. Pero el trabajo en su eterno retorno tal como –creativamente– lo practica Leyton, no es un peso (una pesada piedra que, una vez acarreada hasta la cima de una montaña, cae para ser subida nuevamente). Generador de seguridad y placer (aunque tamizado, a veces, con una cierta cuota de displacer) se constituye en domus interior invulnerable, no provisional, sostenido por toda la fuerza creativa que opera en él. El trabajo, en síntesis, es lo que permitiría edificarnos, lo que da un sentido a nuestras acciones. “Los humanos recibían la vida y el sentido: el alma. Debían devolverla intacta y perfeccionada.” Con este texto –que acompañaba a un bajo relieve egipcio en el que una diosa ofrecía el signo de la vida al Rey Nectanebo II, faraón de la última dinastía de reyes egipcios– se abría la exposición Los inmateriales (Centro George Pompidou, 1985). Su curador, Jean François Lyotard, lanzaba la gran pregunta: ¿hay algo hoy que nos esté destinado, que de sentido a la vida humana? Family Life reitera la pregunta. Y el interrogante queda otra vez flotando para que el espectador en complicidad con la obra ensaye, a su modo, una respuesta. Del 3 al 20 de enero de 2008 Fuente: Prensa MNBA
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