El sábado 8 de octubre, Proa Cine presenta la última función de Autobiografía de Nicolae Ceausescu (2010, 180'), de Andrei Ujica, y Videogramas de una revolución (1992, 106'), de Ujica y Harun Farocki. Seleccionados por Alan Pauls, los filmes reconstruyen el ascenso, el esplendor y la caída del dictador rumano a partir de la edición de mil horas de registros fílmicos del régimen, la versión oficial de la revuelta de 1989 transmitida por la televisión local y las imágenes capturadas por videoaficionados.
Alan Pauls, crítico y escritor invitado por Fundación Proa, seleccionó para los meses de septiembre y octubre dos de las experiencias documentales más intensas de los últimos años. En palabras de Pauls, Autobiografía y Videogramas son “películas hermanas, plano y contraplano de un proyecto que articula las imágenes de la Historia y la historia de las Imágenes como pocos en el cine documental contemporáneo”.
Autobiografía de Nicolae Ceausescu, construida exclusivamente a partir de registros fílmicos oficiales y de propaganda, narra la génesis, consolidación y alcance del régimen político liderado por Nicolae Ceausescu durante 25 años en Rumania, desde su ascenso al poder en 1964 hasta su caída y ejecución, en diciembre de 1989.
Surgido de un riguroso trabajo de archivo -más de 1.000 horas de grabaciones originales-, Autobiografía organiza una trama que, según el director, constituye “una obra de ‘ficción’ con personajes históricos reales”.
La historia prosigue en Videogramas de una revolución, resultado de un trabajo de recopilación y selección de imágenes de videoaficionados sobre el secuestro y muerte de Ceausescu y su esposa Elena durante las movilizaciones populares de 1989. Los directores Farocki y Ujica contraponen estas múltiples filmaciones de los ciudadanos con la narración oficial de los mismos sucesos transmitida por televisión.
Con el apoyo del Goethe-Institut de Buenos Aires y el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI), Proa Cine presenta Autobiografía de Nicoale Ceausescu y Videogramas de una revolución en cuatro únicas funciones, los sábados 17 y 24 de septiembre, y 1º y 8 de octubre.
Ujica por Alan Pauls
Autobiografía de Ceausescu y Videogramas de una revolución son películas hermanas, plano y contraplano de un proyecto que articula las imágenes de la Historia y la historia de las Imágenes como pocos en el cine documental contemporáneo. Verdaderos prodigios del found footage, no hay en ellas una sola imagen original, creada por sus directores. Todas estaban ya hechas, a la espera de rescate y redención, perdidas en sótanos de organismos gubernamentales, en el polvo de archivos cinematográficos y canales de televisión, o encerradas en casetes grabados por camcorders de aficionados. Ahí las fueron a buscar Andrei Ujica y Harun Farocki. De ahí las exhumaron y montaron para reconstruir una de las epopeyas que el sueño comunista le dio al siglo XX: el nacimiento, la larga vida y el derrumbe estrepitoso de la dictadura de Nicolae Ceausescu.
Realizada por Ujica y Farocki a partir de materiales de la TV rumana y cientos de grabaciones caseras, Videogramas... (1992) compacta en un jadeante thriller polifónico la rebelión popular que en diez días de diciembre de 1989 desalojó a los Ceausescu (Nicolae y Elena) del balcón del Comité Central del Partido Comunista para juzgarlos y entregarlos al pelotón de fusilamiento. Como si fuera una precuela, Autobiografía... (2010), de Ujica, empieza casi donde termina Videogramas, con la imagen de los Ceausescu ya destronados, a punto de comparecer ante el tribunal militar que los condenará, pero da marcha atrás en el tiempo —como si, ante el trance que se avecina, la pareja viera desfilar en tres horas de flashback su vida de déspotas en ejercicio— y revisa en orden cronológico, con imágenes excavadas del acervo propagandístico del régimen, veinticinco años de una dictadura a la que Occidente le había prestado muy poca atención.

En un caso (Autobiografía...) se trata de un fenómeno multidimensional —un régimen comunista en el poder— documentado desde un solo punto de vista, el del propio régimen, que se filma a sí mismo con la misma avidez —y un poco más de espectacularidad— con que una familia pequeñoburguesa se perpetuaba en home movies insignificantes. Desfiles, inauguraciones de fábricas, bienvenidas a mandatarios extranjeros, fiestas patrias, discursos, misiones al extranjero: nada más representativo y pomposo, nada más banal. ¿Es posible ver tres horas de propaganda oficial sin bostezar ni indigestarse? Ujica prueba que sí, y prueba incluso algo más improbable: que esa maratón de rituales multitudinarios y fastos a ritmo marcial puede hacer nacer en el espectador algo muy parecido a una revelación lúcida. Contradecir al poder —interrumpir la continuidad de su discurso— es la manera clásica que conocemos de ser críticos. En Autobiografía de Ceausescu, Ujica demuestra que hay otra: dejarlo hablar solo —hasta que su discurso se reduzca a lo que es: un monólogo estéril, autocomplaciente y kitsch, que envejece y se descompone en público. En el otro (Videogramas...) se trata de un fenómeno único —una revuelta popular— acechado desde puntos de vista múltiples: los miles de video-ojos con que los ciudadanos de Bucarest salieron a registrar la crisis terminal del régimen.
Minuto a minuto, como si construyera un vivo après-coup, Farocki dirige el coro de esas miradas menores para rearmar la secuencia de hechos históricos e interrogar sus vacíos más ínfimos. ¿Por qué Ceausescu vacila en medio de un discurso? ¿Qué ve, más alla del balcón, que lo hace balbucear? ¿De dónde vienen los disparos que se escuchan fuera de cuadro? Si Ujica se abstenía de retrucar al discurso oficial, Farocki procede al revés: repone siempre el plano que falta, restituye la imagen alternativa o complementaria, el lado B que pone en cuestión el discurso único y hace avanzar, al mismo tiempo, el vértigo de la intriga revolucionaria.
En cierto sentido, Autobiografía de Nicolae Ceausescu y Videogramas de una revolución son películas post históricas. Creen en la Historia más que nunca, pero la sorprenden en un momento de mutación total, cuando el target de las masas alzadas no son los Palacios de Invierno sino las centrales de televisión, los archivos de imágenes, las cámaras, los micrófonos: todos los instrumentos de ver y registrar que, lejos de contentarse con reflejar la Historia, se ponen por fin a hacerla.
Autobiografía de Nicolae Ceausescu
Título original Autobiografia lui Nicolae Ceausescu
Rumania, 2010. 180 min. Color - B&N
Dirección / Guión Andrei Ujica
Edición Dana Bunescu
Producción Velvet Moraru / Icon Production
Sinopsis
“Después de todo, un dictador no es más que un artista que puede poner en práctica su egoísmo. Es una cuestión de nivel estético si resulta ser Baudelaire o Bolintineanu, Luis XVI o Nicolae Ceausescu”. Andrei Ujica
Durante el juicio sumario al que fueron sometidos él y su esposa, Nicolae Ceausescu repasó su largo reinado en el poder: de 1965 a 1989. Se trata de un retrato histórico que por sus dimensiones recuerda los frescos cinematográficos estadounidenses dedicados a la guerra de Vietnam.
Nota del director
“Desde un punto de vista formal, la Autobiografía de Nicolae Ceausescu demuestra que es posible utilizar exclusivamente imágenes ya existentes para realizar películas sobre la historia reciente, aunque con una veta épica semejante a la del cine histórico de ficción.
Esta es una empresa eminentemente sintáctica, en la que el montaje participa en una doble articulación: como mise-en-scene, en tanto construye escenas que no existían como tales, y como edición en el sentido clásico, yuxtaponiendo escenas.”
Videogramas de una revolución
Título original
Videogramme einer Revolution
Alemania, 1992. 106 min. Color - B&N
Dirección / Guión
Harun Farocki, Andrei Ujica
Edición Egon Bunne
Producción Harun Farocki
Harun Farucki Filmproduktion
Bremer Institut Film / Fernsehen
Produktionsgesellschaft
Locución Thomas Schultz
Sinopsis
El otoño de 1989 permanece en nuestra memoria como una sucesión de acontecimientos visuales: Praga, Berlín, Bucarest. Estábamos viendo revoluciones.
Y fue Rumania, con su unidad de tiempo y espacio, la que produjo el escenario revolucionario más completo. Todo transcurrió en tan solo diez días y en dos ciudades: el levantamiento popular, la caída del poder, la ejecución de los déspotas. Luego de los primeros disturbios en Timisoara, llegó la caída final en Bucarest: en la capital y frente a las cámaras. Allí los manifestantes ocuparon la emisora de televisión y transmitieron durante casi 120 horas ininterrumpidamente, estableciendo un nuevo lugar histórico: el estudio de televisión. Además, los hechos fueron registrados por videoaficionados y camarógrafos estatales.
El siglo XX es fílmico, pero recién con el video puede concluir el proceso de filmificación de la Historia.
Funciones
Sábado 17/9
15:00 hs. Autobiografía de Nicolae Ceausescu
18:30 hs. Presentación de Alan Pauls
19:00 hs. Videogramas de una revolución
Sábado 24/9
15:00 hs. Videogramas de una revolución
17:00 hs. Presentación de Alan Pauls
17:30 hs. Autobiografía de Nicolae Ceausescu
Sábado 1/10
15:00 hs. Autobiografía de Nicolae Ceausescu
18:30 hs. Presentación de Alan Pauls
19:00 hs. Videogramas de una revolución
Sábado 8/10
15:00 hs. Videogramas de una revolución
17:00 hs. Presentación de Alan Pauls
17:30 hs. Autobiografía de Nicolae Ceausescu
El director
Andrei Ujica nació en 1951 en Timisoara, Rumania.
Tras haber estudiado literatura, en 1990 Ujica decidió dedicarse al cine y filmó Videogramas de una revolución (1992), en codirección con Harun Farocki, que se transformó en un hito cinematográfico de la relación entre el poder político y los medios en Europa a finales de la Guerra Fría. Su segunda película, Out of the Present (1995), narra la historia del cosmonauta Sergei Krikalev, quien pasó diez meses a bordo de la estación espacial Mir mientras en la tierra la Unión Soviética dejaba de existir. Out of the Present ha sido comparada con otras obras emblemáticas de la historia del cine, entre ellas 2001: Odisea del espacio y Solaris, y es una de las películas de no ficción más célebres de la década de 1990. La Autobiografía de Nicolae Ceausescu concluye la trilogía dedicada a la caída del comunismo. Andrei Ujica también realizó dos obras por encargo de la Fondation Cartier pour l’art contemporain: 2 Pasolini (cortometraje, 2000) y Unknown Quantity (Cantidad desconocida), con Paul Virilio y Svetlana Alexievitch (instalación 3D de 2002, versión fílmica de 2005).
http://andrei-ujica.co
Entrevista a Andrei Ujica
Mil Horas con Ceausescu
Por Milo Rau
Publicado en www.the-autobiography.com
- Usted hizo tres películas que componen una trilogía sobre la caída del comunismo. La primera, Videogramas de una revolución, codirigida con Harun Farocki (1992), trata de la Revolución Rumana mediante un montaje frío y muy distante del material televisivo y de video de los sucesos de diciembre de 1989. La segunda —Out of the Present (1995)— cuenta la historia del cosmonauta Sergei Krikalev, quien pasó 10 meses a bordo de la estación espacial MIR mientras en la Tierra se disolvía la Unión Soviética. Aquí también tenemos una perspectiva muy distante, que podríamos calificar incluso de olímpica. La tercera película sobre el tema —Autobiografía de Nicolae Ceausescu (2010)— pone el foco en la personalidad del dictador ideológico. Hablemos un poco de esta última. ¿Cómo la llevó a cabo? ¿Qué deberíamos pensar de la Autobiografía de Nicolae Ceausescu?
- En el caso de estas tres películas, la primera etapa del trabajo, que es en realidad es muy larga, está dedicada a la investigación. Para la Autobiografía de Nicolae Ceausescu tuve como punto de partida el archivo más extenso, por lejos, con el que haya trabajado jamás: hay más de mil horas de filmación de Ceausescu. Hubo, desde ya, una fase preliminar de investigación. Contraté a dos investigadores que vieron estas mil horas de material fílmico –que se encuentra en su mayoría en el Archivo Cinematográfico Nacional y en la Televisión Rumana— de las que extrajeron, sobre la base de ciertos criterios y en orden cronológico, las secuencias más importantes de la biografía de Ceausescu como jefe de estado. Me remití solamente a los 25 años que gobernó, desde que tomó el poder en 1965 hasta su caída en 1989. La película termina el 20 de diciembre de 1989, tal como había mostrado la Revolución en Videogramas... El material preseleccionado tenía 250 horas de duración y lo vi, escrupulosamente, hora por hora, como un oficinista que cumple su rutina diaria de trabajo.
- ¿Y qué vio exactamente? ¿Qué clase de personaje toma forma en esas 250 horas? - Si usted observa a una misma persona durante ocho horas cada día, en algún momento ocurre algo. Aunque la inmensa mayoría de las imágenes de Ceausescu sean protocolares, ritualizadas. No tenía un archivo privado a mi disposición, que por otra parte ni siquiera existe, sino que utilicé el archivo de la vida de un jefe de estado, y todos los archivos de ese tipo son protocolares. Lo que sí existe, sin embargo, son remanentes, al principio y al final de cada rollo de película, y estos son los que preservan los momentos más genuinos. No es un gran descubrimiento: cada persona revela —antes de saber que está siendo filmada y después, cuando cree que la filmación terminó— su verdadero ser, lo que sea que eso signifique. Yo me atuve principalmente a esos momentos que, sorprendentemente, eran muchos. Y así es como uno empieza a conocer a alguien. Luego de un tiempo se accede a la persona, se empieza a comprender sus gestos mínimos, su lenguaje corporal, las inflexiones de su voz... Y entonces se produce la transformación y su imagen se vuelve humana. Cuando yo era joven, Ceausescu era como una pantalla sobre la que proyectaba mi odio absoluto a cualquier forma de totalitarismo. Viví bajo su régimen desde los 14 hasta los 29 años… hasta que me fui de Rumania. Pero para mí, en aquella época, él no era más que el objeto abstracto de un odio opaco. Cuando empecé a trabajar en esta película me propuse volverlo más concreto. Me pregunté: ¿cómo era el hombre detrás del personaje que dejó una marca tan fuerte en las vidas de las personas de mi generación y en las de tantos otros? Nuestra coexistencia con Ceausescu fue forzada; su omnipresencia nos volvía locos. Tratábamos de eludirlo lo más posible, y, por supuesto, de esa manera siempre se nos escapaba algo. Vivíamos con él a diario, pero nunca llegamos a conocerlo.
- ¿De dónde surgió la idea de hacer la autobiografía de un hombre tan poco querido? Estaba claro desde un comienzo que observar a Ceausescu durante mil horas entrañaría inevitablemente volver a pasar mucho tiempo con él.
- Las cosas se acomodaron solas. En diciembre de 2005 viajé a Bucarest porque la Televisión Rumana estaba emitiendo Videogramas... por primera vez, con una demora de 13 años. Fue entonces cuando me encontré con Velvet Moraru, que había sido nuestra asistente en 1992, durante la etapa de investigación para Videogramas, y que para entonces se había convertido en productora. Fue una propuesta de Velvet, en realidad. Me preguntó si no había llegado la hora de hacer una película sobre Ceausescu, y me dijo que se imaginaba una biografía, pero desde un enfoque objetivo como el de Videogramas... Le dije que sí, que me gustaría hacerla, pero que si no lograba encontrar una perspectiva cinematográfica para acercarme al tema no haría la película. La objetividad es un criterio científico, no estético, y mi filmografía es predominantemente estética. Regresé a Alemania, y tres meses después mi amigo Peter Sloterdijk me regaló un libro. Sabía que en los últimos años me había interesado en Fidel Castro. Cuando desenvolví el paquete, leí la tapa del libro: Autobiografía de Fidel Castro. Una novela de Norberto Fuentes. El título de Fuentes es, por supuesto, una paráfrasis. En los años treinta Gertrude Stein escribió La autobiografía de Alice B. Toklas para escribir sus propias memorias desde una perspectiva alterada. Pero yo vi en ese título un incentivo, incluso una orden, para cuestionar la naturaleza del dictador ideológico, el signo histórico del siglo XX. Y así fue como empecé a trabajar en la autobiografía de Ceausescu.
Claves para comprender la película
La Génesis de un Dios-Monstuo
Por Cristiana Visan *
Los monstruos no nacen, se hacen. Se hacen con la impotencia y el miedo, pero sobre todo con la memoria de la impotencia y del miedo. Con la memoria de unos sobrevivientes sin laureles.
Tenía casi 10 años en diciembre de 1989 cuando aprendí cómo se vive, colectivamente, la palabra “esperanza”. Cómo se dilata en los rostros de la gente paralizada delante de un televisor en cuya pantalla fluye, en vivo pero mediante Sofía (todo el sur de Rumania captaba la señal de la televisión búlgara) y luego desde Bucarest, la imagen de una revolución. La ascensión de las masas inocentes y la caída del coloso.
Autobiografía de Nicolae Ceausescu fue, probablemente, la película más esperada en los últimos diez años en Rumania. Muchos, quizás demasiados, esperaban una biografía en cuyas líneas pudieran identificarse, en donde lograran reafirmar su memoria y reencontrar sus laureles. Cuando se trata de traumas propios, pocos aceptan que historia no es lo mismo que memoria y que el arte no es solo historia.
Vi la Autobiografía en Buenos Aires y, aunque toda la sala aplaudió el arte, escuché muchas preguntas acerca de la historia. Aquella historia nublada por la falta del comentario explícito (en la película) y por la ausencia de un filtro de la memoria (en la sala). Hay en esta película algunos elementos difíciles de comprender para un observador ajeno a esa realidad. He intentado reunir las respuestas a algunas preguntas que escuché, reiteradas veces, en Buenos Aires.
La película empieza con un funeral. ¿De quién? En marzo de 1965, Gheorghe Gheorghiu-Dej, el líder comunista de Rumania, fallecía a la edad de 64 años por cáncer de hígado. Dej fue el que impulsó inicialmente el proceso estalinista y las depuraciones, pero también el que, posteriormente, consiguió que el Ejército Rojo se retirara del territorio rumano y pudo establecer relaciones diplomáticas con los estados capitalistas del Occidente. Ceausescu, su protégé y sucesor, iba a seguirle los pasos.
Las imágenes de distintas filmaciones. La recreación del espíritu nacional comunista se hizo con todos los recursos posibles –y el arte, por su percepción directa y subjetiva, fue la manera más duradera y eficiente de reescribir la historia. Se rodaron numerosas películas sobre voivodas medievales, se recrearon los héroes de la nación y se plasmó un personaje colectivo imponente: el pueblo. Aquel pueblo victorioso que derrotó a los turcos, a los polacos, a los alemanes, etc., logrando mantener su independencia, aquel pueblo de campesinos valientes y firmes que defendió y construyó su país mucho antes de que surgiera, objetivamente hablando, el concepto de nación. Esas películas crearon una identidad nacional triunfante, purificada de todo complejo y remordimiento (el pueblo lucha para el bien común, el pueblo no se equivoca nunca, el pueblo triunfa) y les dieron a los recién nacidos comunistas aquel vínculo marxista con un pasado histórico que ellos mismos no podían reivindicar.
Las imágenes tomadas en las calles de Bucarest. Los años 60 no tuvieron el color gris opresivo de los años 80 en Rumania. Desde luego, la percepción es subjetiva, pero me han contado tantas veces que, hasta el fin de los 70, la gente no se moría de hambre y de frío, la televisión rumana pasaba las series “Dallas” y “Dinastía” al mismo tiempo que en Estados Unidos y, si te quedabas tranquilo en tu lugar, haciendo la vista gorda ante tantas cosas, podías vivir “tranquilamente”. En los años 80, los almacenes ya estaban vacíos, había que hacer cola para todo y la televisión emitía dos horas por día imágenes de Ceausescu hablando de cosechas fabulosas. Y el gris de aquel período se refleja muy bien en la película de Ujica.
El punto de inflexión de la película: Ceausescu cumple 60 años. Este momento de 1978 señala el principio del descenso y rompe la cronología histórica, ya que le siguen capítulos anteriores de la vida del déspota (1973, 1975, etc.). Lo que reconoce un rumano en las imágenes con las tarjetas de aniversario y los arreglos florales: el clavel, flor-símbolo de la Época de Oro, la más cultivada en todo el país, la más comprada y la que nunca faltaba en las florerías.
Las calamidades. Los proyectos faraónicos de Ceausescu no fueron estimulados solamente por el deseo de copiar el modelo monumental coreano o chino, sino también por una serie de desastres naturales en Rumania. En 1970 y 1975 se produjeron las inundaciones más catastróficas de la historia del país; las aguas llegaron a cubrir varias regiones, destruyendo cosechas e interrumpiendo la producción industrial. Luego, en marzo de 1977, mientras Ceausescu estaba en una cena lujosa en Nigeria, un terremoto de 7.2 grados sacudió el país. El “Comandante Supremo” se subió inmediatamente al avión y regresó a Bucarest para encontrar una ciudad en ruinas: la duración de 56 segundos y las ondas sucesivas (una vertical seguida por otra horizontal) dejaron 1.600 muertos (1.300 solo en Bucarest) y 12.000 heridos. En la película de Ujica, el sismo es representado por una pantalla negra. El sonido es original, es lo que se grabó involuntariamente en la radio nacional en 1977: es la voz del terremoto. A toda la destrucción le seguiría la reconstrucción general, con cientos de monoblocs soviéticos, líneas de subte con estaciones recubiertas de mármol y, desde luego, Casa Poporului (la Casa del Pueblo), el segundo edificio más grande del mundo, después del Pentágono.
¿Qué fue y quién fue Ceausescu? La película de Andrei Ujica no ofrece ninguna respuesta y no propone ninguna mitología; sus silencios y palabras articulan la evolución de un hombre en la forma ambiciosamente subjetiva del arte, de manera que en la pantalla aparece un dios vivo, mientras que aquellos que le sobrevivieron intentan ver un monstruo muerto.
La Autobiografía es una obra completa y –a la vez– extremadamente dolorosa. Por más que lo quiera, el pueblo sobreviviente no puede reconocerse en la película como estirpe traicionada o traidora, sino solamente como quimera de la mente de aquel dios-monstruo al que todos seguirán unidos para siempre en la memoria.
* Cristiana Visan (Rumania, 1980) es lingüista, traductora literaria y periodista cultural radicada en Argentina. Trabaja para The Buenos Aires Herald.
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Fuente: Prensa PROA




