Llegue a millones de personas publicando sus exposiciones, cursos, talleres y más.
Artículos en archivo año 2008 | Volverte a ver - Argentina–1971. Fotografías de Mario Muchnik |
|
|
| Archivo - 2008 | |
| martes, 08 de abril de 2008 | |
|
[Del catálogo de la exposición “Volverte a ver - Argentina–1971”, en la Casa de América, Plaza de Cibeles 2, Madrid, del 7 de abril al 25 de mayo de 2008.] Cuatro semanas de agosto![]() Nunca me arrepentí. Para mí, la fotografía, más que un medio de expresión es un sistema de aprendizaje. ¡Y ese mes de agosto fue todo un curso universitario! El itinerario que nos trazamos de entrada, después de una semana en Buenos Aires, comenzaba en la ciudad de Córdoba, donde alquilaríamos un coche con el que adentrarnos en las provincias de La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta y Jujuy, intentando llegar lo más al norte posible, lo más cerca de la frontera con Bolivia. Nos quedamos cortos, aunque dada la inmensidad de las distancias, no mucho: Tres Cruces, a unos 3.800 metros de altura sobre el mar, está a unos cien kilómetros del paso fronterizo de La Quiaca, distancia pequeña comparada con los más de cinco mil kilómetros que median entre La Quiaca y el Estrecho de Magallanes. Entonces gobernaban los militares. Era presidente de facto el general Lanusse, que sucedía al también “de facto” general Levingston, y éste, a su vez, al “de factísimo” general Onganía, el de la llamada Revolución Argentina de 1966 que había echado del poder al señor Illia, civil elegido en las urnas. ![]() Pudimos comprobarlo. En un camino de tierra, creo que en Jujuy, unos soldados nos dieron el alto. Uno de ellos, efectivamente jovencísimo, muy probablemente indigente, de tez oscura como la de los indios de esa región, se acercó, introdujo el cañón de su metralleta por la ventanilla trasera, me lo puso ante las narices y me preguntó, imitando en lo posible el tono autoritario de su jefe: –Y usté, ¿qué lleva allí? “Allí” era mi caja de fotógrafo. –Dos cámaras. –Abralá. Pero despacito…– me ordenó en un susurro, acercando otro par de centímetros su metralleta a mi nariz. Abrí la caja muy despacito. Zafé el primer cierre y miré al conscripto. Luego el segundo, y volví a mirarlo. Levanté la tapa y le mostré lo que había dentro. –Vaya sacando las cosas, despacito, una por una– me dijo en voz baja, con ojos llameantes. Primero una Leica. Se la ofrecí. –Deje eso en el asiento, así… Ahora siga. Saqué la otra Leica y se la ofrecí. –En el asiento, eso… Saqué el teleobjetivo. –¿Qué es?– alzó la voz, acercándome la metralleta otro poquito. –Un teleobjetivo, señor. –En el asiento, en el asiento le digo. ¿Qué más? –Es todo– y tomé la caja vacía para que viera mejor. –¡No toque! Miró con cuidado, me miró, nos miró y gritó a su jefe, que había quedado en retaguardia: –Nada, no hay nada. El jefe hizo un gesto y el soldadito nos ordenó, con cara de gente mala: –¡Sigan viaje, ‘amos! Seguimos viaje, en silencio. Sentí que estaba sudado. Mis compañeros alabaron mi sangre fría, pero todos sabíamos que lo mío era puro susto. Gatillo fácil… No era para menos: estábamos en la zona en la que actuaba el Ejército Revolucionario del Pueblo, el ERP, y los milicos no se andaban con miramientos. ![]() Después de muchos kilómetros, por consejo de gente amiga, visitamos un ingenio azucarero. En medio de una tierra de pobreza –pero no miseria: la miseria la habíamos visto en Buenos Aires– surgía todo un villorio limpio, ordenado, pintadito como un buque de la marina, construido alrededor de una gran fábrica con tres altísimas chimeneas. Árboles cuidados, algunas calles asfaltadas, coches buenos, furgonetas potentes… Aquí había dinero. La gente iba mejor vestida, todos parecían muy atareados, algunos evidentemente a cargo de algo, detentaban algún poder. Una de las chimeneas humeaba apenas. Un enorme portón de rejas impedía el paso a las instalaciones, y un cartel lo prohibía explícitamente. Tomé muchas fotos y volvimos a seguir viaje. ![]() Varios hechos sobresalen cuando se leen ésta y algunas otras páginas en Google. El primero y más evidente es que el susodicho Kairuz, por lo menos hasta 2005, fecha del artículo de Página/12, llevó una vida perfectamente normal, sin haber sido molestado ni haber respondido ante justicia alguna. El segundo es que, en su época de Dr. Jekyll y/o Mr. Hyde, Kairuz vivía dentro del ingenio Ledesma. Y es que, se dice, la misma Gendarmería Nacional estaba dentro del ingenio Ledesma. El tercero es que muy pronto –pocos años después de nuestra visita– en la Argentina se montaría una red de centros de concentración entre los que se destacaría el ingenio Ledesma. Porque es fácil decir hoy que desaparecieron tantos o cuantos miles de personas: la pregunta es ¿y dónde fueron a parar? Pues ahí: muchos fueron a parar, entre los casi doscientos centros de concentración, a los galpones del ingenio Ledesma. Y el cuarto hecho descollante en esta miserable historia es que el ingenio Ledesma, con sus oficinas en la 12ª planta de la calle Reconquista 336, en Buenos Aires, la familia Blaquier, el sistema al que la gente se refiere diciendo “aquí hay un poder feudal desde hace cien años”, no son cosas del pasado sino de hoy. En otras palabras, no son las razones por las que me fui hace medio siglo sino algunas de las razones por las que no vuelvo hoy. Leo mis apuntes de entonces: “Vuelva, Mario –me dijo Gelbard ayer [don José Gelbard, ex presidente de la Confederación General Económica de la Argentina y futuro ministro del tercer gobierno de Perón]–, vuelva a hacer el país.” Reflexiono en el avión que me lleva de vuelta a París mientras miro por la ventanilla la inmensidad urbana de esa capital que ya no siento mía. “¿Yo, volver? ¿Volver a hacer el país? ¿Por qué? ¿De qué «hacer» me habla Gelbard, y de qué «país»? ¿Ha hecho el país, él? ¿Dónde está lo que hizo? Él ha hecho su vida, eso sí, la construyó a pulso desde sus humildísimos orígenes hasta la pompa y circunstancia actual. Pero ¿el país?, ¿ese país que me ha negado trabajo de joven físico, que ha desbaratado la gran editorial de mi padre, que ha desparramado por el mundo gran parte su gente más capaz, que insulta mi mediana inteligencia ensalzando los mitos vetustos del peronismo? El día menos pensado este país se volverá inhóspito hasta para Gelbard. El día menos pensado el malón ocupará la Capital, vendrá la degollina y entonces ya me hablarás vos, José Gelbard, de hacer el país…” En ese país los desiertos son feroces. Y el campo y las ciudades no lo son menos. Ante la erosión del tiempo los argentinos sólo atinan a encogerse de hombros. Tanto tierra adentro como en Buenos Aires, el viento barre el pasado. Por cada raro vestigio histórico señalado por un ruinoso caserón o una fuente cubierta de moho hay mil de los que nada subsiste sino un campo de paja brava que se pierde en la inmensidad. El viento de la llanura o de la sierra, como una venganza fantasmal de tribus desaparecidas, barre sin piedad la obra humana. No parece hacerlo a hurtadillas: es como si al argentino no se le ocurriera, o no quisiera, cortar ese viento con barreras para proteger su historia, absorto, encandilado quizás por un porvenir al alcance de la mano que, como la zanahoria del burro, le lleva siempre unos pasos de ventaja. La historia pasa indocumentada y los hechos del presente parecieran surgir por generación espontánea. No hay viento capaz de barrer mi propia historia. Del 9 de abril al 25 de mayo de 2008
CasAmérica Fuente: Prensa Casa América
|
|