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Esculturas de Julio Maragall Imprimir E-Mail
domingo, 11 de marzo de 2007


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Un rostro donde se refleje el recato vencido, el desafío, la provocación a los sentidos ajenos, la falsa inocencia o la virtud asediada, el hastío de la ropa, la curiosidad ante la reacción que pudiera despertar la súbita visión del propio cuerpo en cueros, el sometimiento, la espera… en fin, unos rasgos que acompañen y refrenden el hecho de que se está expuesto a la indagación de otros. Pero sin cara no es posible ser descarado. Y el desnudo, aún hoy, cuando se exhibe en playas, vallas y calles conlleva una actitud, un gesto, que delaten la conciencia de que se está ante el mundo sin más abrigo que esa cara sorprendida o altanera. Y también está el desnudo doliente, consecuencia de la tragedia, el castigo, la catástrofe o la crueldad.

Nada de eso está en las figuras de Julio Maragall. Lo que está desnudo en la obra de Maragall es el arte de la escultura, que en su caso se ha mantenido renuente a admitir colores o ensamblajes con materiales diversos, a desplazarse hacia la instalación o a sumar recursos audiovisuales. Pero sus personajes, aunque no delatan rastro de velos o mediaciones para el despliegue de sus formas, en realidad no van desnudas, básicamente porque carecen del requisito indispensable de ese estado que es, además del rostro donde se planta la desnudez, la ostentación aunque parcial de los genitales. ¿Puede haber desnudo femenino sin pezones ni destellos púbicos? No lo creo. No a esta hora, cuando la apuesta al respecto ha subido hasta el plano del atlas anatómico.

II
La literatura y el cine de autoría femenina han revelado el secreto de la amistad entre mujeres, una alianza hecha de complicidad, risas, cooperación, largas conversaciones, silencios cargados de significado, también críticas e incluso exigencias, minuciosas confidencias, en algunos casos un contacto físico que pasa por escarmenarse unas a otras, maquillarse, abrazarse, bailar, arreglar un detalle del vestido y, sobre todo, constituir unas redes de apoyo de las que no entendemos cómo pueden prescindir los hombres.
Esta fraternidad entre mujeres tiene un nombre. Sororidad. Del latín soror, hermana. Y alude no sólo a la ayuda mutua entre congéneres que experimentan la opresión en sus distintas formas sino también, y muy principalmente, a una relación basada en el auspicio de la libertad de todas las mujeres y de cada una en particular, así como en el reconocimiento –y festejo- de la complejidad del mundo femenino, de su pluralidad, incluso de su excentricidad. Y hacía falta acuñar una palabra para nombrar específicamente esta experiencia, porque va más allá de la solidaridad o de la identificación de género y se adentra en la noción de acompañamiento con estímulo para expresarse sin limitaciones y para quebrar las muchas convenciones que han relegado a la mujer al rol de víctima o de segundona.
Las piezas de Julio Maragall ilustran la noción de sororidad. No sólo los grupos escultóricos, donde claramente se percibe esa como alcahueta asociación de mujeres que retozan, comparten cuitas, conversan adoptando posiciones que jamás osarían ante la presencia masculina o morosamente ven pasar el tiempo en graciosa lasitud (como si hubieran quedado desmadejadas tras el ataque de risa ¿por una confesión escandalosa, tal vez?); sino también las obras que muestran un personaje en solitario, porque en estos casos las mujeres representadas parecen miradas por otra mujer, que promueve y celebra esas colocaciones despatarradas, esa bendita falta de compostura.

En Picasso es constante la mujer martirizada, que llora desde su rostro literalmente descompuesto, en Maragall no se verá –no se ha visto hasta ahora- una mujer que no esté encantada de la vida. Y son sensuales no en el sentido en que cierta corriente patriarcal exige que una mujer sea sensual sino en la exacta medida en que se han despojado de apretaduras (físicas y mentales) y se mueven en el espacio como si al tiempo lo colmaran de risitas y de dulces suspiros.

Las mujeres de Maragall no son heroicas. Tampoco eróticas según la norma de fruta jugosa lista para el mordisco. Ni laboriosas, sacrificadas, pospuestas, abnegadas, mucho menos dóciles o caritativas.

Magnánimas sí, pero de sus antojos. Si se ponen de rodillas no es para orar, jabonar pisos o buscar chupones. Y si corretean con caballos no es para la labranza ni, en fin, para hacer nada de provecho. No les vengan a estas mujeres con horarios, metas ni diplomas. ¿No ven que están en su eterno día libre?

Una indolencia que la crianza no sólo no interrumpe sino que viene a completar. Para las mujeres de Maragall la maternidad no es aquella hazaña agrícola, dolorosa y esforzada. De su cuerpo no ha brotado un motivo de mortificación, renuncia o malas noches sino un compañero de juegos que ha mamado de su pecho esa negligente holgazanería que reforzará con el ejemplo.

Son, en suma, señoras que parecen observadas por un padre aquiescente, por niños y por mujeres cómplices. Por amigotas.

III
En esta muestra, Julio Maragall ha soltado nuevamente su estampida de criaturas irresponsables. La gran novedad es que por primera vez las ha desincrustado de un bloque de madera. Y ahí están en su glorioso “realismo sugerido, formalmente distorsionado, subjetivado, casi elíptico y estilizado”, como diría Perán Erminy, respirando suavemente en bloques de jebe, mora, zapatero, caoba, algarrobo, puy, apamate o barbasco.

Los troncos llegaron al estudio del artista por diligencia de él mismo, quien los trajo de sus correrías por Barinas y el Guárico en cuyo paisaje los espigó de árboles que se habían caído, abatidos por la vejez o por el embate de las tempestades. Con sustancia de veteranía y de chispas eléctricas están, pues, amasadas estas piezas, palpitantes todavía de energía vegetal. (Me pregunto si crujirán en las noches más frescas).

Y si los personajes esculpidos en el bronce eran acrobáticos y desdecían de su supuesta gordura con ademanes olímpicos, éstos de ahora, cincelados en vigas nobles, dan muchas veces la impresión de estar sumergidos en el agua, el único medio capaz de consentir estos inverosímiles equilibrios. Las antiguas atletas son ahora nadadoras, clavadistas, buscadoras de perlas, náyades nalgonas, bailarinas acuáticas.

La obra de Maragall persigue la contundencia tanto en las formas como en el espacio entre los volúmenes, un vacío en el que se recortan perfiles calculados y por el que parecen circular algas invisibles, tenues perfumes marinos y fina resina de mujer.

Recreadas en carne de floresta, las ninfas de Maragall y su descendencia jubilosa podrían crear la impresión de que están demasiado concentradas en mantener la elegante perfección de su nado sincronizado. No hay que equivocarse. En cualquier momento pueden echar una vaina. Es su naturaleza.

Milagros Socorro

Galería Freites
Av. Orinoco, Las Mercedes, Caracas, Venezuela
Tel: (58)(212) 993.9006
www.galeriafreites.com

 

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