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Artículos en archivo año 2007 | Esculturas de Julio Maragall |
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| domingo, 11 de marzo de 2007 | |
![]() Nada de eso está en las figuras de Julio Maragall. Lo que está desnudo en la obra de Maragall es el arte de la escultura, que en su caso se ha mantenido renuente a admitir colores o ensamblajes con materiales diversos, a desplazarse hacia la instalación o a sumar recursos audiovisuales. Pero sus personajes, aunque no delatan rastro de velos o mediaciones para el despliegue de sus formas, en realidad no van desnudas, básicamente porque carecen del requisito indispensable de ese estado que es, además del rostro donde se planta la desnudez, la ostentación aunque parcial de los genitales. ¿Puede haber desnudo femenino sin pezones ni destellos púbicos? No lo creo. No a esta hora, cuando la apuesta al respecto ha subido hasta el plano del atlas anatómico. II En Picasso es constante la mujer martirizada, que llora desde su rostro literalmente descompuesto, en Maragall no se verá –no se ha visto hasta ahora- una mujer que no esté encantada de la vida. Y son sensuales no en el sentido en que cierta corriente patriarcal exige que una mujer sea sensual sino en la exacta medida en que se han despojado de apretaduras (físicas y mentales) y se mueven en el espacio como si al tiempo lo colmaran de risitas y de dulces suspiros. Las mujeres de Maragall no son heroicas. Tampoco eróticas según la norma de fruta jugosa lista para el mordisco. Ni laboriosas, sacrificadas, pospuestas, abnegadas, mucho menos dóciles o caritativas. Magnánimas sí, pero de sus antojos. Si se ponen de rodillas no es para orar, jabonar pisos o buscar chupones. Y si corretean con caballos no es para la labranza ni, en fin, para hacer nada de provecho. No les vengan a estas mujeres con horarios, metas ni diplomas. ¿No ven que están en su eterno día libre? Una indolencia que la crianza no sólo no interrumpe sino que viene a completar. Para las mujeres de Maragall la maternidad no es aquella hazaña agrícola, dolorosa y esforzada. De su cuerpo no ha brotado un motivo de mortificación, renuncia o malas noches sino un compañero de juegos que ha mamado de su pecho esa negligente holgazanería que reforzará con el ejemplo. Son, en suma, señoras que parecen observadas por un padre aquiescente, por niños y por mujeres cómplices. Por amigotas. III Los troncos llegaron al estudio del artista por diligencia de él mismo, quien los trajo de sus correrías por Barinas y el Guárico en cuyo paisaje los espigó de árboles que se habían caído, abatidos por la vejez o por el embate de las tempestades. Con sustancia de veteranía y de chispas eléctricas están, pues, amasadas estas piezas, palpitantes todavía de energía vegetal. (Me pregunto si crujirán en las noches más frescas). Y si los personajes esculpidos en el bronce eran acrobáticos y desdecían de su supuesta gordura con ademanes olímpicos, éstos de ahora, cincelados en vigas nobles, dan muchas veces la impresión de estar sumergidos en el agua, el único medio capaz de consentir estos inverosímiles equilibrios. Las antiguas atletas son ahora nadadoras, clavadistas, buscadoras de perlas, náyades nalgonas, bailarinas acuáticas. La obra de Maragall persigue la contundencia tanto en las formas como en el espacio entre los volúmenes, un vacío en el que se recortan perfiles calculados y por el que parecen circular algas invisibles, tenues perfumes marinos y fina resina de mujer. Recreadas en carne de floresta, las ninfas de Maragall y su descendencia jubilosa podrían crear la impresión de que están demasiado concentradas en mantener la elegante perfección de su nado sincronizado. No hay que equivocarse. En cualquier momento pueden echar una vaina. Es su naturaleza.
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